miércoles, febrero 07, 2007

Así fué mi primera empanada...

Aprender, aprender... y aprender.

“Si con el paso de los años aquello que haces, empanadas, a veces ya te resulta monótono realmente piensas que lo más grato de todo ha sido su aprendizaje, el tener luego la suerte de poder difundir el fruto de la experiencia en el tema y el poder compartir los conocimientos adquiridos en ella con gente interesada en la misma materia... para así poder continuar siempre aprendiendo y todavía gozando de lo grato de un aprendizaje”.
Recuerdo que mi primera empanada la hice cuando todavía era un chiquillo... y es que tenia metido en la cabeza la meta de poder igualar, algún día, aquellas sabrosas empanadas que hacia nuestra querida vecina a la que todos cariñosamente llamábamos mamá Celia. ¡Cuanto disfrutaba cocinando aquella mujer!... y es que se pasaba las tardes enteras metida en la cocina preparando tremendas delicias culinarias. Recuerdo que en muchos de aquellos días, sobre el atardecer, se empezaban a sentir los deliciosos aromas que venían del piso de arriba y que se metían sigilosamente tentadores por debajo de la puerta de la escalera y por los resquicios de las ventanas del patio de luces del edificio. De aquellos olores recuerdo especialmente uno muy peculiar... el de sus empanadas!... así que si se escuchaba la frase de ¡hoy tenemos empanada! quería decir que mamá Celia había estado faenando en la cocina y que el manjar estaba ya casi listo en el horno. Entonces allá me iba yo raudo al teléfono a llamar a mi amigo Gonzalito, el hijo de la artista culinaria, diciéndole que me avisase en el momento oportuno para
subir raudo y veloz en busca de mi trozo de empanada... porque amigos... había que darse prisa, pues aquellas delicias una vez listas poco duraban en la mesa. De todas formas en realidad el pedirlas nunca hacia falta, porque mamá Celia, al poco de salir la empanada del horno, ya estaba llamando a nuestra puerta ofreciéndonos un solemne plato del tan preciado manjar. Nunca olvidare aquellas escenas de verla llamando a nuestra puerta, sonriente, con su figura rechoncha, sus mofletes colorados, su bata color de rosa, su pitillo en una mano y en la otra un generoso plato con sabrosos trozos de empanada.
Y así fué como nació mi afición por este tan emblemático plato gallego, para después iniciarme en su aprendizaje un día que decidí ponerme manos a la masa logrando por fin hacer mi primera empanada. Recuerdo que a la misma aún le faltaba mucho para igualar aquellas obras de arte, pero me sirvió de primera lección para aprender algunos de los secretos culinarios sobre el logro del éxito de una buena empanada: como que era muy importante el amasar y gramar muy bien la masa con el mismo aceite del guiso para que adquiriese su sabor... que su correcta cocción debía de ser a temperatura preferiblemente alta, para que saliese horneada con un bonito color dorado por fuera y jugosa por dentro, pues si se cocían a fuego suave saldrían pálidas y secas... que su relleno debe de tener un punto justo de aceitosidad y de caldoso... que el grosor de la masa, aunque todo vaya según gustos, no debe ser ni muy grueso ni demasiado fino para que resultase fácil a la boca... que el bonito tono color dorado que tenían las empanadas al salir del horno provenía en mucho de pintarlas antes con huevo batido y de añadirle un poco de pimentón dulce rojo en polvo al liquido ingrediente al elaborar la masa... que antes de meterlas al horno había que hacerle un agujero en medio y picarlas simétricamente por su superficie para que no inflasen al cocer... que la empanada debe hacerse con ganas, con calma y cariño... y que, en resumen, el éxito de una buena empanada no reside solamente en algo en particular, sino que es un punto justo de un conjunto de todo: masa, relleno, jugosidad y una correcta cocción.
Así pues, aquella tarde allí estaba yo a solas, meditando sentado frente aquella mi primera empanada, observándola... oliéndola... curioseando en su interior... presionándola con el dedo... y por fin… decidiéndome a hincarle el diente. Pero... hecho esto y mirando hacia el techo, donde arriba aún se oía cacharrear a mamá Celia, comprendí resignadamente que aquello que tenia ante mis ojos no se parecía en nada a lo que debía de ser una buena empanada. Pero aún así, y para consolarme, pensé que si un refrán dice que “el amor es ciego” pues que entonces “el amor propio debería serlo mucho más” y que si otro refrán dice “que de ilusión también se vive” pues entonces, y por narices, aquello que tenia entre mis manos tendría que convertirse aquel día en la sabrosa ilusión de mi cena… y por eso pese a todo me encantó!... pues aquella fué mi primera empanada.
Así que hoy día, con el paso de los años me he decidido a escribir este blog, al que muchas vueltas le he dado tratando de conseguir algo sencillo, basado en mi propia experiencia, que vaya directamente al grano y centrado principalmente en lo practico, lo culto y lo ameno.
Y por último decir que como todavía hoy, y para consolarme, continuo algunas veces auto-aplicándome aquella ilusión refranera… ¿pues que mejor consuelo y satisfacción para alguien que el de poder reparar los propios errores aprendiendo de ellos para poder compartir después los conocimientos adquiridos del tema con gente interesada en la misma materia?... pues imagino que será que el de poder continuar siempre aprendiendo y gozando de lo grato de un aprendizaje.
Con salud y con salu2 para todos.
Fernando
Tambien puedes encontrarme en mi web sobre La Empanada Gallega

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